Colaboradora Externa de Indomio.es/news
Asomado al Atlántico, en el extremo occidental de Europa, Portugal es un país que no necesita presentación. En su territorio relativamente pequeño se alternan acantilados sobre el mar, colinas cubiertas de viñedos, ciudades monumentales y pueblos donde la vida transcurre a un ritmo pausado.
Su legado como gran potencia marítima se refleja en la arquitectura y en el carácter de sus habitantes, gente hospitalaria y abierta al mundo. Un clima agradable, una gastronomía que realza los sabores del mar y de la tierra y un coste de vida todavía razonable completan el atractivo de un destino capaz de ofrecer experiencias inolvidables a todo tipo de viajeros.
Lisboa se descubre caminando: sus calles suben y bajan entre colinas, ofreciendo panorámicas del río Tajo y de los tejados de colores. Alfama, el barrio más antiguo, conserva una atmósfera íntima entre callejuelas y escalinatas donde por la noche se escucha fado. En Belém se encuentran el Monasterio de los Jerónimos, obra maestra del estilo manuelino, y la Torre de Belém, una blanca centinela junto al agua.
Es imposible no probar un pastel de nata en la histórica pastelería que los elabora desde 1837. Pero Lisboa también es una capital creativa, con espacios como LX Factory, que han transformado antiguas instalaciones industriales en centros culturales.

Porto tiene un carácter auténtico y sin artificios. La Ribeira, el barrio situado junto al Duero y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es un entramado de casas de colores que descienden hacia el agua. El puente Dom Luís I conduce hasta Vila Nova de Gaia, donde se suceden las bodegas de vino de Oporto.
La iglesia de São Francisco, con sus interiores revestidos de madera dorada, y la Livraria Lello, con su espectacular escalera roja, son algunos de los tesoros de la ciudad. En los restaurantes se pueden degustar platos contundentes como la francesinha, un sándwich de varias capas gratinado que es toda una institución local.
Basta media hora en tren desde Lisboa para encontrarse en un paisaje que parece pertenecer a otro lugar. Sintra se esconde entre densos bosques y húmedas colinas, un lugar donde la aristocracia portuguesa construyó residencias que desafiaban las convenciones estéticas con resultados sorprendentes. El Palacio da Pena, de vivos colores amarillos y rojos como un capricho tropical, domina el paisaje desde lo alto.
Más abajo, la Quinta da Regaleira alberga su Pozo Iniciático: una escalera de caracol que desciende hacia el subsuelo, rodeada de símbolos masónicos y esotéricos que nunca se han llegado a esclarecer por completo. La UNESCO ha protegido toda la zona, y con razón. Quien disponga de tiempo puede desviarse hasta Cabo da Roca, donde Europa realmente termina: solo acantilados, viento y océano abierto.
El Algarve cuenta con algunas de las playas más fotogénicas de Europa: arcos naturales, cuevas y acantilados de tonos ocres que contrastan con el color turquesa del agua. Praia da Marinha y la cueva de Benagil, a la que solo se puede acceder por mar, se han convertido en auténticos iconos paisajísticos del país.
Lagos y Albufeira ofrecen vida nocturna, mientras que pueblos como Tavira y Salema brindan mayor tranquilidad. Faro merece una visita por su casco histórico rodeado de murallas medievales y por la Ría Formosa, una laguna protegida habitada por flamencos.

Lejos de la costa, Portugal muestra una faceta más tranquila. Coimbra está dominada por su universidad, fundada en 1290: la Biblioteca Joanina, una joya barroca con estanterías doradas, justifica por sí sola la visita.
Braga, capital religiosa del país, alberga el Santuario de Bom Jesus do Monte, con su monumental escalinata en zigzag. Guimarães, cuna de la nación portuguesa y lugar donde nació el primer rey en el siglo XII, conserva un casco histórico medieval de extraordinaria autenticidad.
Remontando el Duero desde Porto se llega a uno de los paisajes agrícolas más espectaculares de Europa. Los viñedos en terrazas siguen las curvas de las colinas y cambian de color con las estaciones. Esta región, una de las primeras zonas vinícolas delimitadas del mundo, produce el célebre vino de Oporto y excelentes vinos tranquilos.
Un crucero por el río permite contemplar el paisaje desde el agua, mientras que una parada en las quintas ofrece la posibilidad de realizar degustaciones en escenarios que la UNESCO ha querido proteger.
Para quienes quieran alejarse de las rutas más frecuentadas, Portugal ofrece pueblos que conservan siglos de historia entre murallas de piedra. Óbidos cautiva con sus casas blancas y su puerta revestida de azulejos.
Monsanto, encaramado en una ladera de granito, sorprende por sus casas construidas entre enormes rocas. Marvão, situado en lo alto junto a la frontera con España, ofrece vistas que se extienden hasta el horizonte. Son lugares donde los productos locales conservan sabores difíciles de encontrar en la gran distribución.
Quien piense que Portugal es solo territorio continental se pierde una parte esencial del viaje. En medio del Atlántico, Madeira es una isla vertical, donde las montañas se elevan abruptamente desde el mar y el bosque de laurisilva —uno de los últimos del mundo, protegido por la UNESCO— lo cubre todo como un manto. Los senderos que recorren las levadas, antiguos canales de riego convertidos en rutas de senderismo, son la mejor manera de atravesarla. Funchal, la capital, tiene el ritmo tranquilo de una ciudad portuaria donde se come bien.
Las Azores son otra historia: nueve islas dispersas por el océano y poco pobladas, donde se puede caminar entre lagos volcánicos de un verde casi irreal, bañarse en aguas termales al aire libre y salir en barco para avistar ballenas. São Miguel es la isla ideal para empezar, pero el atractivo del archipiélago invita a regresar para descubrir las demás.

Una semana es el mínimo para apreciar la variedad del país, pero con diez días es posible combinar las principales ciudades con la costa o el valle del Duero. La mejor época para viajar va de abril a octubre, aunque la primavera y el comienzo del otoño ofrecen temperaturas agradables y menos aglomeraciones.
El coche de alquiler es el medio más cómodo para recorrer las zonas rurales, aunque la red ferroviaria conecta bien Lisboa, Porto, Coimbra y el Algarve. Para llegar a las islas es necesario tomar vuelos internos.
Un último consejo: aprended algunas palabras en portugués. No es imprescindible para hacerse entender, pero es la forma más rápida de ganarse una sonrisa.
*Este artículo ha sido escrito por Agnese Giardini, se publicó por primera vez en Immobiliare.it/news y ha sido traducido por la Redacción de Indomio.es/news.